domingo, 10 de octubre de 2010

¿Las ideas para qué? lo importante son la obras


Un intelectual ultrafranquista, Gonzalo Fernández de la Mora, escribió un libro titulado El crepúsculo de las ideologías poco tiempo antes de ser nombrado Ministro de Obras Públicas. La obra, era el más radical exponente de la necesaria reconciliación del integrismo católico con la modernidad científico-tecnológica impuesta por la industrialización de la España franquista.

Fernández de la Mora se convirtió en el principal teórico del franquismo tardío. Propugnaba lo que llamaba el “estado de las obras” adaptado a una modernización que de ninguna manera debía llevar aparejada la democratización del país.

En aquel momento de la dictadura, el grupo franquista que estaba en la dirección del estado pasó de una hiperideologización al minimalismo ideológico de “¿las ideas para qué? Lo importante son las obras”. Las obras, por supuesto en el sentido literal: pantanos, autopistas, que arrasaron una parte importantísima del legado artístico cultural de la nación, así como centrales nucleares, ordenaciones urbanísticas etc, que hicieron otro tanto con el equilibrio medioambiental.

Un ejemplo claro, aunque posterior de este tipo de “obra” la tenemos en Montezarzuela, una masa de encinas que ha sido expoliada poco a poco de sus árboles para crear zonas de cultivo, y que cuando esto ya no era rentable, se recalificó para construir un lugar paradisiaco, rodeado de naturaleza, la misma eso sí, que se acababa de destruir.

Todavía en pleno siglo XXI, cuando criticamos la destrucción del encinar, que ha estado paralizado por problemas judiciales hasta hace pocos meses, nos intentan etiquetar que estamos contra el progreso, que la ciudadanía de El Casar tiene todo el derecho a hacer crecer a nuestro pueblo sin límites tanto en cantidad como en calidad.

Es la misma filosofía que defendió Fernández de la Mora, aunque ahora debería llamarse tardofranquista o neofranquista o incluso blanquista o zapaterista, por estar dirigida por gobiernos locales, provinciales, autonómicos e incluso estatales mal denominados progresistas.

En España existe una vaga inquietud, un deseo, muchas veces inarticulado, de una autentica liberalización de las relaciones políticas y sociales. La nueva ideología tecnocrática se enfrenta a esa corriente como si fuera un elemento perturbador del progreso. Partiendo de la idea, cuyo origen ya hemos comentado, se trata de convencer a los ciudadanos y ciudadanas de El Casar y por extensión a la ciudadanía en general, de que necesitan seguir disciplinadamente a las autoridades elegidas (municipales, regionales, etc), olvidando la política, o dejando en sus manos la política y la solución de los problemas, y ratificando en las sucesivas elecciones esta parálisis democrática.

De esta manera, se instaura el bipartidismo, que permite la ausencia de diferencias esenciales entre el PSOE y el PP, haciendo el sistema más pegadizo, más viscoso y más fácilmente adaptable por la ciudadanía que no tiene que realizar ni el más mínimo esfuerzo emocional o intelectual. Basta con dejarse llevar y obedecer a los detentores del poder. Eso y la desmemoria política sobre lo que se dice en campaña y lo que realmente se hace alegando cuantas dificultades se quiera para ponerse a los pies de los caciques de antaño, hoy convertidos en emprendedores modélicos.

Para los actuales responsables políticos, con eso es suficiente para hacerte un lugar en la cola para llamar a la puerta de la precaria felicidad de un consumismo rudimentario.

Una nueva ideología que se basa en la despolitización y el conformismo ha venido a sustituir a la antigua movilización ciudadana contra el poder económico establecido.

El sueño de las grandes multinacionales, de los emperadores del cemento y del ladrillo, de los monarcas del asfalto y la automoción, consiste en una sociedad de consumidores pasivos, dispuestos a trabajar todas las horas que sean necesarias, primero para comprar un coche, luego para financiar el beneficio bancario durante toda tu vida por medio de hipotecas que ya duran más de una vida en muchos casos, para tener un lugar al que sólo llegarás a dormir en las afueras de las grandes ciudades dormitorio.

En definitiva, el sueño de esa gente consiste en crear una sociedad que esté dispuesta a todo, incluido vender su alma, con tal de tener algo suyo, aunque fuera un montón de facturas que pagar durante el resto de su vida.

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